domingo, 17 de enero de 2010

Cap. 29 < 100 gramos de dolor, 1 kilo de tensión y una pizca de amor >







[Capítulo anterior: - Lo haré, te veo luego – bajé del auto no sin agradecer por haber estado conmigo en toda esa faena y cuando me di cuenta, estaba quedando dormida en mi cama, enrollada por las frías sábanas, acompañada de una perfecta soledad.]




Las ocho de la mañana y yo ya estaba en pie. Por suerte me entregué a los brazos de Morfeo en cuanto toqué la almohada.

El humor del cielo había empezado a descomponerse desde muy temprano, y estaba nublado y fresco, pero no había riesgo de lluvia hasta el mediodía.

Ese molesto color púrpura en mi rostro había disminuido, pero no lo suficiente como para satisfacerme enfrente del espejo. El dolor se hacía notar con cada movimiento de mandíbula, por lo mismo me negué a practicar, por lo menos ese día mi voz estaría en reposo.

Tengo que admitir que esa chica tiene buena técnica para causar dolor y dramas también.

Desconectándome de todo, prendí el estero sin problemas del álbum aleatorio que estaba adentro y subí el volumen. Un rato de navegación en la laptop me permitió eliminar una gran lista de emails sin sentido, pero ninguno revelante que llevara la letra `` M ´´ como señal divina; sin duda la extrañaba y ni siquiera tenía la remota idea de en que parte del mundo se encontraba. ¿Acaso es lo que las hermanas suelen hacer?

Después de un rato mañanero, alguien llamaba a la puerta principal.

- ¿Sí? – abrí de un tirón.

- ¡Hola Dai! Ya llegaron las niñeras – rió Alex con dos tipos atrás aportando la misma vestimenta.

- Ay demonios – me apené al notar que todavía traía la pijama encima – disculparán las fachas.

- No somos policías de la moda – bromeó mientras los invitaba a pasar.

- Puede ser tu lado oculto – reí.

- Mmm… ¡na! – Exclamó – Pero te aviso que no te queda el color azul ¿eh? – señaló mi blusa.

- ¿¡Qué!? – Incluso los otros dos rieron – Lo que no me queda es el color morado – apunté mi rostro con un dedo.

- Princesa – miró preocupado – Si que te pusieron una paliza.

- Gracias por hacérmelo saber; si no lo haces prometo que no lo noto.

- Lo siento, pero necesitarás una buena pomada si quieres recuperar tu aspecto de muñequita de porcelana.

- Fue tu culpa por dejarme sola – puse una mueca de berrinche.

- Mejor culpemos a Jost – inspeccionó mi rostro mientras que con el pulgar me hacia una pequeña caricia en el lado lastimado de mi cara; salté para atrás cuando lo hizo – Las fans, si que son fans.

- Sí que sí. Los chicos no deben preocuparse por el apoyo de fanáticos, estoy segura de que siempre lo tendrán.

- Ellos aman a todos los que los siguen. No se cansan en firmar cosas y cuerpos, claro, algunas partes de ellos en especial; ya sabes, Tom.

Su comentario me causó gracia. Me asomé encima del hombro de Alex, en puntitas claro (su metro noventa de estatura lo causó), y vi como sus compañeros se comunicaban con externos por medio de aquellos enrollados cablecillos a la altura de las orejas, después portaban una rígida postura, comenzarían a hacer su trabajo.

- Hey, hey, hey – dije un cuanto alterada - ¿Tendré chaperones en mi propia casa?

- Así es… ¿qué no te lo dijo David?

- No.

- Pues… temo decirle, linda, que ahora ya lo sabes.

- ¡Ni quien lo entienda! ¿Me deja abandonada y ahora me avienta una bomba de sobreprotección?

- Le salió lo extremista – rió. Me caía bastante bien, y debo admitir que extrañaba su compañía en ciertas ocasiones – Vamos Daiana, bien sabes que te hace falta protección sobre las calles de este loco mundo.

- Las calles, ¡no mi propio departamento! Tu mismo lo has dicho.

- Dai, ¿Te gusta tu nuevo `` look ´´? – se refería al golpe.

- Pues no, pero…

- Pero nada – lo dijo en un tono tan paternal, que me dieron ganas de lanzarme a sus brazos – tenemos que mantenerte segura y punto final de la historia.

- ¡Ash! – repelé con capricho.

- Aparte, las órdenes para cuidarte también aquí adentro, no fue idea de David – confesó después de un largo silencio. Luego alzó las cejas y pedí una pista.

Juntó ambas manos para formar un corazón y comenzó a dar vueltas y piruetas como un maniático. Cantaba en un chillido palabras empalagosas y románticas.

- ¿Eh? – miré confundida. Paró de hacer su función y me tomó de las manos.

- ¡El amor! ¡El amor! – gritó desesperado. Luego se arrodilló y entonó una cursi canción ochentera.

- Alex – reí – pena ajena – me tapé la cara con una mano.

- Sabes lo que quise decir con todo ese musical de Broadway – se incorporó.

- Nunca me han gustado mucho los musicales – caminé hacia la cocina, con sus pies detrás de los míos. Puse la cafetera a funcionar, ahora que memorizaba, no había comido nada hace más de quince horas.

- Daiana – me miró fastidiado – Enfrentemos al toro por los cuernos.

- Está bien – suspiré - ¿Y luego? ¿Qué quieres que haga?

- No pido que le aplaudas por protegerte ni mucho menos. Sólo quiero que lo tomes como un gran detalle.

- Es difícil ¿sabes? Me siento como una niñita exigiendo un poco de independencia.

- Y lo estás haciendo de nuevo.

- ¿Hacer qué?

- Evadiendo el tema.

- No es cierto.

- ¿No?

- ¡No!

- ¿Enserio?

- Sí – dudé.

- Ambos sabemos que lo haces – dirigimos la mirada a las gotitas cafés que comenzaba a gotear el aparato.

- Pff… lo tomaré como un gran detalle, Y, me encargaré de hacérselo saber – me rendí.

- Eso es lo que quería escuchar – dijo orgulloso.

Y sí, me había resultado un gran detalle, uno enorme que me alegró el día, pero al mismo tiempo no quería aceptarlo, había un muro que me lo impedía. Me sentía desconforme conmigo misma por no corresponder ese notorio interés. Era sólo que a veces, corrijo, siempre, mi vida perdía por completo ese pequeño caminito, esa guía, la dirección.

Sin embargo tenía que ser amable y educada al agradecer esa preocupación que Georg sentía por mi seguridad. Era mejor no dejar pasar el tiempo y darle un `` gracias ´´ lo más antes posible.

- Dai, millones de chicas morirían por tu lugar.

- ¿Qué tiene de interesante una ex empleada de Intense Magazine, solitaria y amargada en su propio pent house?

- Wow, solo le faltaron los 27 gatos a tu descripción – levantó una ceja – Calma… te encantan los melodramas ¿eh? Tienes toda la atención de un rockstar y tú simplemente la ignoras.

- Vaya, dicho de esa forma todo el mundo diría que soy una estúpida.

- ¿Y no? – dijo Alex encima del hombro, casi en secreto.

- ¡Oye! – grité junto a su risa.

- Perdóname – me agitó el cabello, aún más, con cariño – Pero tienes que abrir los ojos.

- Ehem…

- Supongo que ya te lo han dicho hasta la infinidad ¿no?

- No – retiré la tetera transparente de la cafetera y la vertí en cuatro tazas – Sólo varios pares de veces.

- La gente no suele repetir las cosas por nada – me observó endulzando las bebidas – Cielo, el arrepentimiento es uno de las más malditas sensaciones.

- Yo no estoy arrepentida de nada – tomé la azucarera junto a una cucharita - ¿Cuántas?

- Dos y media por favor – regresó al tema mientras yo vertía la cantidad exacta del hidrato de carbono – No… aún.

- No me gusta el `` aún ´´.

- Pues entonces, sólo date cuenta de no estropear una increíble oportunidad.

- Lo dices como si me hubiera propuesto matrimonio – le di una taza y caminé hacia la estancia para repartirles a los otros dos.

- Eso sería hermoso.

- ¡Alex! – me reí, aunque en mis adentros me asusté como una loca, pues la imagen pasó por mi cabeza, con detalles. Un hermoso vestido blanco y un frac negro por parte de él, una ligera brisa playera y la arena colándose por los cuerpos de los invitados. Incluso un brilloso diamante en mi mano y otro en la suya, y esos ojos verdes acompañados de la frase colosal que todos esperan: Hasta que la muerte los separe.

- Pero mejor no lo hagas, pues tendrías ese color morado en todas partes – observó mi cachete torciendo los labios y hecho a reír. Yo apenas recapacitaba por que esa imagen se había colado en mi imaginación.

- Sí, morado – repetí divagando mi vista hacia… no se donde.

- Te propongo algo – caminó hacia el ventanal. En tan poco tiempo había tomado una absoluta confianza al lugar - ¿Por qué no abres tu mente, y lo conoces? Es un gran tipo, igual que los otros tres, pero no te piensas meter con los cuatro, ¿o si?

- ¡En lo absoluto! ¿Quién me crees? – le sonreí. No era una mala idea aquella propuesta – Mis chicas se encargarían de los señores Kaulitz, y para Schäfer, tengo una que otra amiga que haría clic de inmediato con el señor baterista – bromeé chasqueando la lengua.

- Mente maestra – aplaudió.

- Sólo un poco de astucia.

- ¡Espérate! Se te suben los humos Dai – reímos juntos.

- Bromeo, sólo bromeo – le di un trago a la bebida y después la abandoné – Pero, debo admitir que tienes razón, puedo abrir mi mente a nuevas personas.

- ¿Nuevas?

- Bueno, hace mucho que no inicio una relación con alguien, no digo que lo vaya a hacer con Georg, pero es tiempo de que me olvide de…

Paré en seco. ¿Qué demonios estaba haciendo? Contando mis remotos recuerdos a mi guardaespaldas principal. Eso si era una terrible soledad, pero yo confiaba en el, y le había aprendido a querer. Aún así… ¿de donde había recuperado flashbacks que mi mente tenía perdidos?

- ¿De… - preguntó intrigado a mi silencio.

- No tiene mucha importancia, si no te molesta haré una que otra llamada en mi cuarto – sonreí y me paré del sillón – Llaméenme a la puerta si se les ofrece algo o simplemente si tienen hambre, mi comida no es tan mala – les guiñé un ojo y al llegar a mi habitación, me desplomé en el piso helado. Llamé a David, como lo había prometido, pero nadie contestó, entonces decidí hacer más emocionante mi día, un poco de nervios me invadieron al comenzar a teclear los dígitos de aquel numero, la llamada entró correctamente...

.   .   .   .   .   .

- ¡Dai! – Llamó la voz al otro lado del teléfono – ¡Pero que sorpresa!

- Oh, perdón, estás ocupado.

- No, no , no – dijo con un dejo impresionante de emoción en la voz – Es que en verdad me sorprende que me llames. ¿Todo bien? ¿Pasa algo? ¿Cómo sigues? ¿Y tus amigas?

- ¡Ay! Ataque de preguntas – dije entre risas – Sí, todo bien por acá. No, no pasa nada. Ya sigo mejor, solo un poco de tendencia morada. Elis y Atz, ahora que recuerdo no he hablado con ellas hoy.

- Me gusta tanto oír tu voz – ¿ese chico no perdía ninguna oportunidad para coquetear? – Todos te mandamos muchos saludos, ya sabes, aquí casi nos da un paro cuando escuchamos la noticia.

- Tranquilos, seguro Jost le agregó más drama y suspenso a la versión real, ja – aprisioné el teléfono entre mi cuello y mi cachete, ocupando así mis manos para dibujar figurillas en la ventana empañada por la lluvia que se acababa de desatar.

- Pero de eso se encargó el noticiero de hoy en la mañana.

- No me digas que… - dije preocupada.

- Sí, otra vez te ganas la primeriza en noticieros y revistas.

- Como odio a los medios de comunicación – reí, pues ya no había solución para ocultar lo ocurrido.

- Me agrego al club en contra de los paparazzis – rió – No es por indiscreción, pero… por algo te dignas a coger tu celular y marcar este numero, me gustaría saber que es – echó tono galante.

- Te quería... bueno yo…. Yo te quería… - ¿me trabé?

- ¿Me querías? ¿Y ya no? – bromeó fingiendo llanto – Yo te sigo queriendo.

- ¡Bobo!

- ¿Te ayudo a decirlo? Yo también te quería…

- Decir algo – complementé.

- Dai…

- Georg… - con torpeza hablábamos al mismo tiempo.

- Tu primero.

- Tu primero.

- ¡Tú!

- Mejor tú – sonreí como boba y me imaginé que el también lo estaría haciendo.

- Ya se – dijo según el muy inteligente – Al mismo tiempo.

- A la cuenta de 3…

- ¡Me siento en el Kinder!

- ¡Me siento en el Kinder! – Dijimos juntos antes de empezar la cuenta recesiva – Deja de robarme las palabras – bromeé.

- Ok, no me llames ladrón y empecemos. Uno…

- Dos…

- Tres.

- Tres.

- Yo te quería…

- Yo te quería… agradecer.

- Invitar a salir.

A pesar de las coincidencias y el juego de palabras, eran ideas muy distintas, pero la de el opacaba a la mía, en definitiva.

- ¿En verdad? ¡Wow! No tienes por que agradecer, de hecho pensé que te molestarías.

- No tendría razón de hacerlo.

- A veces las mujeres son muy raras.

- Pasaré eso en alto – nos carcajeamos – Pero… en definitiva me gusta más tu idea.

- Soy un genio.

- Pues genio… tendrás que sorprenderme.

- Depende, puedo sorprender demasiado.

- Entonces hazlo, tengo curiosidad de ver tú límite.

- ¿Segura de lo que dices?

- Claro, sorpréndeme.

- Eso tenlo por seguro, a las 6 de la tarde, mañana. Yo paso por ti.

- Esfuérzate galán.

Colgué junto a una risa ridícula que añoraba y un suspiro, uno muy raro. Todo lo malo se había desvanecido con un par de líneas intercambiadas, y era como estar en la secundaria de nuevo. La escena de la boda que mi subconsciente creó, ahora mi conciente se encargó de complementarla. Me sentía ridícula, tan ridícula, ridículamente ridícula. Tal vez existía la fórmula para situarme en viejos tiempos, y yo, la estaba recuperando.

1 comentário

oreo_effeckt dijo...

hahahahahaha XDD

te imagine tiradilla en el piso dando vueltas y vueltas abrazando el telefono xD


y tu hermana!

que p*ta desgraciada ¿Donde esta? xD

Y como que "hacerse cargo de los Kaulitz" Atz tiene que controlar a su amigui ghei xD

hahahah

te amooo y te extraño horrores!!

¿Donde estas???

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