domingo, 7 de febrero de 2010

Cap. 32 < De playeras y corazonadas >








[Capítulo anterior: - Come ya – imploré dejando un gran eco de devoción en el aire. Hacía tiempo que no veía las cosas así, y esa sensación regresaba, para chocar conmigo misma más fuerte que nunca.]


Sí, era hora de regresar a casa. Salir de la quimera que ese lugar me brindaba. Estar de vuelta en la cruda realidad.

- Yo te llevo – dijo comiendo el último trozo de hot cake de su plato – No es una pregunta.

- No te molestes – sonreí – Puedo pedir un taxi.

- ¿Te incomoda?

- ¿Qué cosa?

- Que te lleve a tu casa ¿es eso? ¿Te incomoda?

- ¡Claro que no! Sólo no quiero causar más peso, ya te hice un gran desorden en la cocina.

- Eso fue culpa de los dos – sonrió cruzando sus coquetos ojos verdes con los míos, marrones – Vamos, no te quiero quitar más tiempo – se paró de la silla y extendió una de sus manos enfrente de mi, la tomé para levantarme – Te llevo.

Recorrí con prisa el lugar, recolectando el caminito de mis pertenencias que había creado. ¿Era conveniente salir a la calle con unos boxers y una camisa a medio abotonar? No lo creo. Me tomé la libertad de seleccionar los jeans más pequeños que encontré y una camiseta negra, me había llamado mucho la atención desde la mañana, tenía un divertido estampado de una calavera que abarcaba todo el frente y manchas simulando gotas de pintura en tonos neón, los dientecillos de la figura estaban conformados por las letras `` Rock Hard, F*** Safe ´´. Un gran lema, he de admitir.

- Espero que no te moleste, tomé alguna ropa tuya, ya sabes, no suelo salir a la calle en boxers – dije saliendo de la habitación.

- ¡Sí! Hasta crees que te iba dejar salir allá afuera así – rió mientras volteaba - ¡Lo hiciste apropósito! – dijo emocionado al verme.

- ¿Eh? – levanté una ceja.

- No te hagas Dai, la playera, la seleccionaste adrede – señaló a la calavera.

- ¡¿Eh?! – Volví a preguntar más confundida - ¿Acaso no me la podía poner? – sonreí apenada.

- ¡No es eso! Es sólo que esa playera… - se quedó callado – Olvídalo, vamonos ya.

- ¿Qué hay con la playera? – pregunté intrigada.

- Nada, no es nada – sonrió retraído mientras ponía sus manos en la nuca.

- Georg… - insistí.

- Nada, te queda muy bien Dai – caminó desde donde estaba con los brazos extendidos, para llegar a mi con un cálido abrazo – Te queda muy bien.

Había una historia detrás de esa prenda, estaba segura, pero no decidí insistir.

Después de abrigarnos un poco más, salimos de aquella casa que a futuro me traería buenos recuerdos. Abordamos ese auto que me hacía babear y nos ensartamos en las calles de la desconocida Alemania.

- Me gustan las gotas de lluvia en los vidrios – susurré tocando lo helado de la ventana del copiloto. El oscuro cielo empezaba a llorar.

- A mi también – dijo risueño sin apartar la vista del camino.

Luché contra mis párpados para que no cerraran, pues los sentía tan pesados como dos elefantes enormes, pero no lo logré y cedí mi cuerpo al sueño, después de todo, no había descansado una noche entera. Era un camino largo, tendría tiempo de ordenar mis ideas entre el sosiego.

Abrí los ojos a una cuadra antes de mi edificio. Georg me observaba sin despecho, lo miré también, mantuvimos la mirada gracias al semáforo y su luz roja. Todo era más claro ahora, o tal vez más confuso, pero seguía siendo ¿magnífico?

- Dicen que hacen falta tan sólo ocho segundos manteniendo la mirada para que un hombre se enamore de una mujer – lo escuché, sacudí la cabeza.

- Apenas fueron cinco – sonreí y acumulé ternura para plantarle un suave beso en la mejilla.

- Claro.

Avanzamos el último tramo para volver al lugar donde mi dulce agonía se depositaba. Era hora de bajar pero miles de preguntas me atormentaban: ¿Lo volvería a ver? ¿Era mi amigo, mi amigo-novio, qué diablos era? ¿Dónde me la pasé las últimas horas? ¿Qué había con la camiseta? ¿Qué había pasado con todos los rumores? ¿Qué era yo para él? Etcétera, etcétera, etcétera.

- Bueno, pues servida, sana y salva señorita Ruzzo – me ayudó con el cinturón de seguridad que rodeaba mi cintura, sentí la suave tela de la playera con la tenue presión de sus dedos.

- Gracias… – seguramente pensaba que le agradecía por haberme acercado a mi hogar, pero en realidad le agradecía por resucitar una parte escondida de mi – por todo.

- Repitámoslo cuantas veces sea necesario.

- ¿Te volveré a ver? – me sentí ridícula con una auténtica mirada de esperanza.

- ¡Por supuesto! ¿Qué te hace pensar lo contrario tontita?

- ¡Hey! – me quejé haciendo un gracioso puchero.

- Quita esa carita o te raptaré de aquí hasta… un rincón escondido del mundo – acarició mi pómulo.

- Sí, bueno, es hora de irme – me aparté un poco. No quería más. Le temía a algo.

- Oh, sí – dijo un poco nervioso – Deja que te abra la puerta.

Bajó del coche y rodeó el frente del mismo, sentí la brisa en el aire cuando abrió la puerta de mi lado. Me ayudó a salir.

- ¡Brr! Hace frío – exclamé abrazando mis brazos.

- Bastante – se quitó su chaqueta y la puso sobre mis hombros.

- Geo... no hace falta, aquí está mi casa, subiré y me enrollaré de cobertores – le guiñé un ojo mientras me despojaba un hombro de esta.

- No – volvió a tapar mi brazo – quiero que te la quedes, me la devuelves después junto con lo demás.

- Bueno, gracias – sonreí apenas arqueando las comisuras de mi boca.

- Sonará bobo, pero así podrás estar un poco más segura. Nos volveremos a ver – ladeó la cabeza – Obvio nos volveremos a ver.

- Así será – asentí para luego darle un beso en la boca, uno casi invisible – Gracias, otra vez.

Giré para culminar la despedida. Mis zapatos, lo único mío que llevaba puesto, retumbaban como siempre en el lobby. Saludé al portero con una sonrisa y tomé el elevador.

.  .  .   .  .  .

Me encontraba haciendo planes con mis dos compinches, ambas tomarían el té en mi casa saliendo del trabajo, ya faltaba poco. Años atrás solíamos hacer eso, después del trabajo el día era sólo para nosotras; no importaba si estábamos cansadas o si simplemente no ahorrábamos las ganas suficientes para vernos. Ahí estábamos las tres, tomando un té o un café (aún más tiempo atrás de eso, eran cervezas). Convidando la felicidad o tristeza en sus momentos. Lo extrañaba, así como extrañaba un sin fin de cosas más. Mi vida era un engaño repleto de añoranzas.

Alex, que llegó minutos más tarde, me hizo el favor de ir al supermercado para comprar todo lo que una supuesta despensa debe tener, pues la mía tenía deliciosas aguas en polvo, exquisitos sobres para preparar gelatina y nutritivas cápsulas de vitaminas. Incomible. Volvió con un festín más grande de lo necesario, pero el menú de este hacía agua en la boca. Preparé una bandejita con galletas y las bebidas, todo estaba listo para cuando sonó el timbre de la puerta.

Elisa y Atziri pasaron con cara de muertas, la típica cara después de una intensa jornada. Noté como me miraron por ni nuevo `` look ´´ si así se le puede llamar, aún tenía la ropa de Georg encima y no pensaba cambiármela, no comentaron nada al respecto, pero sus miradas expresaban confusión. Me ahorré de explicaciones, así que decidí quedarme callada y les extendí las infusiones que renovaron sus ánimos.

- Mora azul – Atz suspiró olfateando la taza.

- Zarzamora – dijo ahora Elis echándole un vistazo a la suya.

- Y frambuesa para mí – concluí en un brindis seguido por un trago coordinado de las tres. Conocía esos sabores de sobremanera y también la cantidad exacta de azúcar para cada uno.

- No imaginé que los recordaras – Els se tumbó en el sillón mientras Atzi se apoderaba de la computadora.

- ¡Ay! Calma dramática – reí quemándome la punta de la lengua con la hirviente cocción.

- Bueno, con eso de que olvidas hasta tu trabajo – Atz puso los ojos en blanco.

- ¿Trabajo? – Pregunté confusa - ¡Demonios! – grité al recordar mi gran compromiso con mi futuro como cantante.

- ¡Pero que boba! – Rió Elisa sin vergüenza – Has de estar enamorada.

- No – contesté con frialdad de una manera automática.

- Era sólo una broma – repuso esquivando mi mirada.

- Eh… ¡no! Es decir, yo, no, bueno, no creo estar enamorada ¿me entienden? – el nerviosismo me invadió y me sentía una gran, gran tonta.

- ¡Aha! – contestaron a unísono mandándome de a loca.

- Mejor volvamos a lo del trabajo – levanté las cejas - ¿Qué opina Taylor de todo esto?

- Ya sabes, comienzan sus desplantes de diva – Atz torció los labios fingiendo angustia – Está desesperado, y piensa llamarte.

- Pues ¡adelante! Que me llame – contesté según yo segura.

- No querrás que eso pase, con la primera llamada, los problemas empiezan.

- He ensayado, pero con el golpe me duele practicar – toqué mi rostro, ya estaba más desinflamado, creo que podía dejarme de pretextos y comenzar mi vida en el trabajo; el dinero que había ahorrado durante mi estadía en Intense Magazine no iba a ser eterno, estaba viviendo de el, pero comenzaba a desvanecerse. Tenía que hacer algo y no quedarme de brazos cruzados – Iré al casting final.

- ¡Ok! – dijo mientras desplazaba sus dedos y mirada por las partes de la portátil – Entonces nos ves a Taylor y a mí por allá, iremos a apoyarte, una semana, Elis, tu también puedes ir.

- ¿¡Una semana!? – Escupí el trago de té que tenía en la boca y dio a parar en el rostro de ambas, pero eso no detuvo a mi preocupación - ¿En una semana es el casting?

- Ehem… sí, una semana – Atziri limpió las gotitas de su cara – No me bañes por favor.

- Una semana… estoy en problemas.

- ¡Ay por dios Dai! ¿Tú cuando no estás en problemas? – Rió Elisa seguida por Atz, pero les paré su alegría con mi mirada – Lo harás bien de todas formas, estoy segura.

- ¡Sí! Y si no es así, Taylor te asesinará, pero de ahí no pasa.

- ¡Ja! ¡Ja! Que graciosa – dije con un tono hostil mientras ellas seguían riendo.

- No te quejes – me regañó Elisa – Agradece que no tienes más a Stephenie como jefa.

- Un punto a mi favor.

- Exageras demasiado Dai, yo tengo que tener un ouffit completo para pasado mañana y aún no tengo ni la idea base – dijo Atziri.

- Ingresa a la red, puedes sacar patrones o modelos de ahí – sugerí mientras corría hacia su sillón y me tumbaba dando un vistazo a la página web que tenía abierta.

- Es lo que hago – contestó. La página tenía varios colorcillos y símbolos que daban piruetas. Me llamaron la atención la mayoría de los diseños.

- ¿Qué página es esta? – pregunté.

- Es de H & M – hizo girar los ojos, le gustaba resaltar su conocimiento en el mundo de la moda – Una compañía especializada en ropa, tienen buenos diseños.

- Ya veo.

- ¡Oh sí! Tengo algún par de prendas de esa marca – expresó Elis perdida en la televisión.

- Sí, pero busco una línea que sacaron ya hace un buen tiempo – encogió sus ojos tratando de hallar algo en la pantalla - ¡Aquí está! – dijo triunfante haciendo doble clic encima de un logo. Enseguida se cargó una nueva pantalla llena de diseños, pude admirar que varias celebridades tenían camisas encima, ellos mismos eran los modelos – Esta campaña fue diseñada hace unos años, tiene como base la lucha contra el sida. – Me explicó - Varios artistas participaron diseñando una camiseta, así se vendieron muchas más y pudieron apoyar de una manera ingeniosa la causa. Vela, tiene diseños muy buenos, yo iré a molestar a Elisa – dijo parándose del sillón y cediéndome el equipo.

- ¡Oye! – le reclamó Elis acostada desde el otro sillón y comenzaron a jugar luchitas, les gustaba volverse niñas afuera del mundo del glamour, y tengo que admitir que a mi también. Mientras yo daba aliento a Elisa, y a ratos a Atziri por que me reclamaba de ello, observaba los diseños de las camisetas, eran muy divertidos y bien realizados.

Así cambiando entre clic y clic, me detuve especialmente en uno de ellos, sí, era esa misma playera. No puedo creer que hasta volteé con discreción hacia mi pecho para comprobar mi teoría por más obvia que fuera. Sí, era la misma. En la foto, los cuatro la aportaban, Tom, Bill, Gustav y Georg. Era la misma ¡la misma!

Cerré la página a escondidas de Atziri y me les uní al juego. Rato más tarde, rasguñadas y magulladas, se retiraron de la casa prometiendo volver pronto por más té y acción tipo John Cena o Jeff Hardy, pues hasta Alex y su equipo se habían unido al juego y mi casa se había transformado en un gran cuadrilátero.

En la mañana del día siguiente, traía `` Rock Hard, F*** Safe ´´ aún impregnado en mi abdomen. Dormí con ella y pensaba desayunar con ella ¿por qué no? Yo la había elegido. Yo había elegido toda una experiencia en un lugar desconocido de Alemania. Yo había elegido hot cakes y cóctel de frutas para el desayuno. Yo lo había elegido a él.


2 comentarios

oreo_effeckt dijo...

"Yo lo había elegido a él"

Sin más, lo mejor que he leído. Te amo

Anónimo dijo...

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