domingo, 8 de agosto de 2010

Cap. 41 < Dúo Dinámico >





[Cuarenta días junto a ella. Cuarenta días junto a esas miradas imposibles de olvidar. Cuarenta días para tenerla a mi lado, para hacerla sólo mía… Genial.]

- ¿Y cuanta ropa se supone que debemos llevar a un tour de esos? – me pregunta admirando su maleta, ahora, ya desordenada.

- Son cuarenta días. No lo sé, calcula – digo desinteresada, hasta que recuerdo su problema con el equipaje – Pero calcula como una persona normal. Sin excesos.

Me voltea a ver con una cara de sorpresa y comienza a dar vueltas por la habitación.

- ¡Ok! ¡Ok! Mimi ¡Deja de hacer eso! Me mareas. Dime cual es el problema.

- Sí, traigo mucha ropa. Pero siento que no es la adecuada. ¡Y son cuarenta días! Estamos en noviembre. ¿Quieres que me congele?

- Pues… ¿qué traes ahí? – señalo la maleta y camino hacia ella. Tomo un tirante azul y jalo de él para apreciar la prenda. Comienzo a carcajearme al tener el pedazo de tela entre mis manos - ¿¡Por qué traes un bikini a Alemania?!

- No espíes mocosa – me dice con superioridad arrebatándome el traje de baño – Uno nunca sabe lo que es necesario.

- Pero te puedo prometer que un bikini con este clima, está de sobra.

- Deja de burlarte o cobraré venganza – exclama cruzando los brazos. Camina apresurada hacia uno de los cajones de mi armario y hurgando un poco, saca mi punto débil - ¿Muérdeme? – dice leyendo el reverso de aquellos calzones - ¿¡Muérdeme?! – repite asimilando.

- ¡Fue un regalo! ¡Yo no los adquirí! – grito desesperada tratando de quitarle esa vergüenza de atuendo; está agitando la prenda en el aire. Minutos como estos desearía ser más alta que ella.

- ¡Uy! ¡Pues que regalito! ¿Quién te los dio? ¿Edward Cullen?

- ¡Cállate! – Grito aún tratando de quitárselos - ¡Déjame en paz! Cada quien con sus bikinis y su ropa exótica ¿Trato?

- Trato – asiente con una gran risa devolviéndome la prenda, la cual entierro en lo más profundo que el cajón me permite.

- Bien – digo saliendo a la cocina por algo de agua – Debido a que en tu valija sólo hay mini faldas, tops y sandalias, saldremos de compras.

- ¡Compras! – celebra bebiendo del vaso que me acabo de servir - ¡Eso! Estás comenzando a aprender.

- ¿Yo? ¿Aprender? Tengo un closet lleno de marcas reconocidas que adquirí ante tu ausencia.

- Que bueno que no me necesitaste – parece dolida. Toma otro trago de líquido – Supongo que mi pequeña hermana tuvo que aprender varias cosas de la vida sola.

- Sí – digo, aunque ante su expresión, me arrepiento – Bueno, yo…

- No trates de remediarlo. Sabes que conmigo no funciona – interrumpe mi intento para hacer la situación amena - Debo de decir que no fui la única que se alejó, y no estoy echando culpas. Aún conservo la errónea idea de guiarte en cada aspecto de tu vida, por mínimo que sea. No puedo hacer eso. No serás un clon de mí. No lo eres. En la mayoría de las situaciones no se necesita de alguien más para salir del problema, aunque así lo parezca. Se tiene que salir sólo. Es la forma de aprender.

Un silencio que hasta hiela los huesos. Tomo otro vaso, pues el anterior ya se lo ha terminado ella.

- Apunto de caer al pantano, me rescatarás, de eso estoy segura – juego nerviosa ladeando el vaso de un lado a otro, observando el movimiento de la bebida.

- Claro que lo haré. Pero es tu tarea intentar no llegar a el, ni siquiera acercarte Constance – la seguridad con la que dice las cosas siempre me ha aterrado. Pasa un mechón de mi cabello detrás de mi oreja con una de sus tibias manos – Ahora… basta de discursos. Quiero comprar.

- ¡Entonces, a comprar se ha dicho! – Sonrío poniendo los vasos en el fregadero – Llamaré a un taxi.

- ¿Taxi? – Pregunta con fastidio – Mejor rentemos un lindo bebé.

 .  .  .  .  .

- ¡No vuelvo a subirme a un auto contigo! ¡Loca! – suelto a carcajadas bajando del coche de una manera desastrosa.

- Bien que te gustó – ríe caminando por el frente del cofre para reunirse conmigo.

- La adrenalina se está yendo de mi sangre y ahora el pánico me invade – digo dándole una mirada amenazadora.

- Adoro Alemania. Puedo conducir a mi manera sin que me levanten ni una infracción.

- Supongo que en L.A. ya tenías una extensa colección – giro los ojos – La siguiente vez pedimos un taxi o me causarás un ataque cardiaco.

- No se de donde adquiriste esa manía Neoyorquina de pedir taxis hasta para ir a la esquina. Es desesperante. Te enseñaré a manejar como una profesional y compraremos una buena nave. Vete acostumbrando a la velocidad chiquilla.

- Ve ahorrando para la larga cuenta de hospital – bromeo mientras abordamos el elevador para subir a la primera planta de la plaza.

E inconcientemente, volvimos a hacer lo mismo de siempre. Yo le encontré varias prendas (abrigadoras) que le fascinaron y ella me encontró algunas cosas, que aunque no las necesitaba, no me resistí a comprarlas. Acabamos exhaustas en menos de dos horas, con más de diez bolsas de recientes adquisiciones que parecían justo hechas a nuestras medidas. Terminamos con el centro comercial junto a un gran helado.

- Comienzo a enamorarme de la ciudad – confiesa en el auto, de regreso al departamento. Me da gusto que estemos cansadas, pues se le han agotado las energías como para conducir al estilo de Rápido y Furioso.

- Tienes que aguardar al viaje con los Tokio. Aún no has visto nada – presumo mirando por la ventanilla, deseando que los asientos fueran igual de confortables que mi cama.

- Suenas emocionada.

- Lo estoy ¿Acaso tú no?

- Por supuesto que si – espejea – Pero tu emoción es… diferente a la mía.

- No comiences Mimi – finjo desgana – Lo digo por el viaje. Tú escuchaste que le negué la idea a Jost varias veces.

- Pero a fin de cuentas, aceptaste – ladea un poco la boca formando una maliciosa sonrisa.

- Trata de resistirte a la insistencia de David. Sabrás de que hablo cuando lo conozcas.

- Trata de resistirte a la mirada de Georg. Sabrás de que hablo cuando lo aceptes.

- ¡Te dije que no comenzaras! – rechino los dientes dejando caer mis manos en mis rodillas.

- Lo siento – levanta los hombros aún con esa sonrisilla – Será un viaje estupendo, no hay duda.

- ¡Sí! Hay unos museos tan históricos e increíbles aquí…

- Constance, deja de decir `` ñoñadas ´´ que aunque te gusta la cultura, siempre te han aburrido los museos – me interrumpe, dejándome sin palabras - Es una gran oportunidad. Inténtalo.

- No es adecuado seducirlo cuando está en días de trabajo.

- Por eso no hay que preocuparse – me guiña un ojo y se vuelve a concentrar en el volante – Seguro tendrá ratos libres.

- ¿Acaso siempre tienes algo con lo que atacarme? – Pregunto divertida mientras ella se limita a asentir con la cabeza – Sí, sí, sí, me emociona el viaje por él. Son cuarenta días junto a él, pero estará rodeado de miles de fanáticas pidiéndole su firma, jurándole su amor eterno y haciéndole propuestas indecorosas ¿Crees que entre tantas chicas me tenga presente?

- ¿Es que no has notado como te mira? – me voltea a ver desperada en la luz roja que proyecta el semáforo – Si alguien me viera de esa forma, yo ya hubiera... – aclara la garganta - no contaré el resto porque te me traumas pequeña – muerde su labio inferior con lasciva.

- Mente perversa la que posees. Yo estoy consiente de que hay algo, un lazo muy fuerte en nosotros dos pero….

- Pero hay una barrera – completa.

- ¡Exacto! ¿Cómo es que lo sabes? – Volteo a verla y su expresión me revela todo – Yo… trato de superarlo. Sólo no quiero lastimar a Georg por alguna de mis pesadillas pasadas que siguen persiguiéndome. Nuestros corazones deben de estar perfectamente alineados y lucho por ello.

- Cuarenta días son suficientes linda – me guiña un ojo, se que no quiere profundizar el tema de nuevo, y sinceramente yo tampoco siento la necesidad de hacerlo – Te dejaré portarte mal.

- ¿Eso quiere decir que me porto bien? ¡Que alivio! – bromeo suspirando.

- No actives mi modo celoso Constantine – suelta con una risa pisando el acelerador, tal vez está recobrando las fuerzas, pero esta vez no me quejo. Disfruto de su velocidad.

- Y no te he contado nada… - provoco su mirada fría.

- Más te vale no hacerlo si no quieres ir a 200 kilómetros por hora.

- Tú pisa el acelerador – digo relajada mientras me abrocho el cinturón de seguridad. Y aquí vamos.

Me gusta la forma en la que toma las curvas de la autopista sin rebajar la velocidad. A pesar de que podríamos matarnos, me siento segura. Siempre me siento confiada junto a Mimi. Se que ha ella, en cambio, le gusta verme divirtiéndome.

Deslizo las ventanillas con un pequeño botón. El aire crea una barrera sorda, sólo se puede escuchar el sonido de nuestra hermandad y a la vez me quema un poco los ojos. Las rojas puntas de su cabello vuelan hacia atrás como flamas bailarinas y las mías crean un efecto bastante similar. Esquiva los demás autos con agilidad y un toque de delicadeza. Está rebajando la velocidad, supongo que es porque llegamos a la zona donde las casas parecen de cuento. Ahora ambos las admiramos e intercambiamos palabras. Estos rumbos me son conocidos.

- Apuesto a que esa casa es una oficina o algo así. Es demasiado grande – señala el lugar.

- ¡Espera! ¡Es el estudio de David Jost! – suelto emocionada logrando que Mimi aparque el auto en uno de los lugares disponibles.

- Me estacioné por instinto ¿Piensas bajar?

- Bajemos – digo animada – Tienes que conocer a David, además, yo puedo aclarar los detalles del Tour de Autógrafos y ver eso de mi proyecto con Taylor.

- No, Const, están trabajando. No sería prudente llegarles como visita.

- ¡David es un amor! Se que estará encantado de recibirnos y de conocer a la encubierta Ruzzo – desabrocho mi cinturón y el suyo también – Vamos…

- ¿Y están ellos con él?

- ¿Quiénes? ¿Tokio Hotel? ¡No! Vienen cuando David se los solicita o cuando tienen más material que grabar. Ayer estaban aquí, es muy poco probable que hoy lo estén. Además sólo está nuestro auto.

- Está bien, pero si nos sacan a patadas te recordaré que no era una buena idea.

- Sí, claro – digo burlona dándole un golpecito en su brazo.

(Tokio Hotel)

- No vuelvo a traerte – dice Tom quien está al volante – Hobbit tu tienes tu propio auto ¿Por qué tengo yo que estar de chofer? ¡Y tu también Gustav! Pero por lo menos tu tienes la decencia de no estar todo el trayecto molestando.

- Eres un delicado Thomas – ataca su hermano gemelo quien va de copiloto. Los G´s ocupan los asientos traseros.

- Sí men ¡Ya acepta que te encanta nuestra compañía! – ríe el pelirrojo.

- Yo no te molestaré más Tom, no te preocupes. Odio estar escuchando todo el camino tus reclamos – dice Gustav divertido.

- Gracias Gustav, eres educado – dice mirando por el espejo retrovisor – En cambio tú – se refiere a Georg – sólo invades mi espacio vital.

- ¡Tom! Acepta que me necesitas – ríe este haciendo una voz melosa.

- Ambos se necesitan – dice Bill – En las noches se extrañan y recitan poemas al cielo.

- ¡Que asco! – protesta Tom tratando de quitarse tan perturbadora imagen de su cabeza.

- Ya Tom. Calla y bésame – Georg levanta los labios y los mueve en dirección de Tom quien hace una mueca de asco. Justo cuando iba a protestar con otra de sus creativas frases, su gemelo, Bill, interrumpe.

- ¿De quien es ese auto? – Ya han llegado.

- No lo sé – dice Gustav – Es rentado – agrega viendo una pequeña etiqueta en la parte trasera del coche que lo indica.

- Seguramente a el buen David se le pasaron las copas y su auto acabó destrozado – dijo Georg burlón tratando de observar el coche rojo entre las cabezas de los Kaulitz – Tuvo que rentar uno.

- No. El coche de Dave está estacionado allá – Bill señaló el otro lado de la calle donde el Civic Honda de Jost estaba parado.

- Como sea. Está ocupando el lugar donde mi bebé tiene que estar – exclama Tom molesto, con un tono de berrinche.

- ¡Te digo que eres delicado! – Ríe Bill – No te aflijas, estaciónalo a un lado.

Tom estaba apunto de posar su pie en el acelerador, cuando frenó en secó, recibiendo varios reclamos que se acallaron de inmediato al mirar al frente.

Una chica castaña con mirada imposible salía del auto rentado, por el lugar del copiloto. Del lado contrario, salía otra chica, de tez apiñonada e impactante sonrisa. Estaban charlando entretenidas entre ellas y entrecerraban los ojos de una manera muy peculiar y encantadora por la deslumbrante luz del sol de ese curioso atardecer.

El rechinar de las llantas del auto de Tom las hizo voltear. La castaña los identificó en un par de segundos y saludó animada agitando una mano, su hermana, sólo sonrió. Los cuatro adentro del otro coche respondieron el gesto en coro agitando una mano también, pero de manera atontada y sonriendo de una forma que los hacía lucir demasiado cómicos.

- ¡Vaya! Miren a quien tenemos aquí, nada más que a Tokio Hotel – la armónica voz de Daiana sonó como si estuviera en un programa de televisión, cuando los cuatro chicos bajaban apresurados del coche. Tom había estacionado su auto con una rapidez impresionante y un poco atrabancado.

- ¡Y ellas… son las hermanas Ruzzo! – dijo David Jost saliendo del estudio con una gran sonrisa y con los brazos abiertos para abrazarlas.

- Así es, nada más y nada menos que las Ruzzo en persona – sonrió Marabi dándole presunción a su apellido, la cual, no hacía falta. Ya todos estaban apantallados de la similitud entre ellas y… la diferencia tan grande a la vez, y por supuesto, de su exquisitez también.

2 comentarios

oreo_effeckt dijo...

púdrete maldita!!!!!! mereces el infierno mismo por dejarme así!!!! xD

exijo capitulo hoy mismo!!!!

y estuvo más que bueno!!!!! te amoooooooooooooooooooooo
bitch <3

Annelysse dijo...

i loved it!!!
ya quiero el siguiente!!

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