martes, 31 de agosto de 2010

Cap. 43 < Puede estar mal. Se que está mal >





[- Descansa Constance – voz angelical es la que percibo y un beso en mi frente. Después me podrá reclamar todo lo que quiera. Ahora sólo buscaré lo que necesito en la profundidad de mis sueños.]

(Bill Kaulitz)

- Me siento agotado – los zapatos me matan, así que los arrumbo debajo del sillón – Pensé que sería rápido.

- También yo – dice saliendo de la cocina con un plato de cereal y dejándose caer a mi lado – Pon algo que ver.

- No tengo fuerzas ni para elegir algún programa – le aviento el control de la televisión – Ha valido la pena. Georg seguramente está brincando de felicidad. No estaba inventando nada….

- Pensé que ya le había entrado a la hierba – ríe. Ríe por primera vez en el día.

- Lo sé. Nos contó la historia tan animado que sonaba actuado – sonrío mientras me pierdo en las imágenes del televisor – Estaba desesperado.

- Ya le tocaba sufrir un poco.

Tom está poniendo ese gesto… ese gesto al cual le temo. No me voltea a ver, ni siquiera le presta atención al tazón de cereal que tiene en las manos, el cual ahora luce aguado. Sólo tiene el control en una mano y cambia los canales una y otra vez. Creo que ya hemos pasado por la misma programación cerca de tres veces.

- Tom… la tele.

- Ah, sí – dice desorbitado y deja de apretar el botón. Cae en un documental de la reproducción de las ballenas. Lo ve fingiendo el interés más torpe posible.

- Ok. Esto es ridículo – aprieto el botón rojo y el aparato devuelve la imagen negra de apagado.

- ¡Hey! ¿¡Qué te ocurre?! – me arrebata el control y volvemos al océano lleno de animales gigantes procreando.

- ¡Tom! ¡Es un documental de cómo las ballenas…
- Ya lo sé – levanta los hombros – Estoy comparando el tamaño de la ballena macho con mi…

- ¡Suficiente información! – gritó tapándome los oídos. El sonríe burlándose de mí – Lo vulgar nadie te lo arrebata – protesto, riendo.

- No Bill, para tu mente virgen es vulgaridad. Lo vulgar es repugnante, yo no soy repugnante, yo soy…

- Un ninfómano – completo girando los ojos mientras el levanta los pulgares en mi dirección.

- Exacto, por eso eres mi hermano…

- 25 años junto a ti no son en vano, como si no te conociera.

Me sonríe y por fin le da la primera cucharada al cereal. Yo le doy la segunda.

Sí, como lo sospechaba. Estoy demasiado paranoico. Lo noté tan reservado en la reunión, pero todos tenemos nuestros momentos. Es sólo que me inquieta verlo tan frío, tan duro, tan… tan no él. Parece que la comida lo hace feliz, justo como a mí.

- Son encantadoras – le digo, hurgando en el refrigerador.

- ¿Quiénes? – exclama distraído quitándose la sudadera.

- ¿Quiénes crees? – le hecho una mirada obvia desde la barra de la cocina.

- Ah, Daiana y Marabi – contesta con indiferencia, volviendo a lo suyo – Sí, son… simpáticas.

- No puedo creer que no sean gemelas ¿Las viste? ¡Son idénticas!

- Idénticamente diferentes. Tienen el aire de los Ruzzo.

- ¿Acaso conoces a toda la dinastía? – me burlo untando mantequilla a un pan.

- No, supongo que tienen el aire de su familia.

- Su mamá es de México y su padre inglés, me lo dijo Dai. Es por eso que ella tiene tonalidades más claras que las de Mimi…

- Se llama Marabi – me interrumpe, fijando la mirada en la mía – Marabi.

- Pero a ella no le molesta que le diga Mimi – sonrío, o por lo menos trato de hacerlo. Siento temblar el pan en mi mano – Además suena fascinante.

Lo veo negar con la cabeza y pone su atención al control de videoconsola en sus manos.
- Dame eso – le intercambio un sándwich de mermelada por el videojuego. Me siento a su lado, pero aún tengo la sensación del pecho quemándome la ropa. Algo me huele mal.

- Perderás antes de que me termine el emparedado, y créeme que eso es muy veloz.

- Ni lo sueñes – contesto retador, aunque se que el me supera infinitamente en este tipo de cosas – Ella es muy hermosa.

- Sí, está guapa – sus ojos siguen las luces que salen de la pantalla, y nada más – ¡Estás apunto de perder idiota! – grita divertido y mi cabeza vuelve al juego unos segundos.

- Está guapa. Está guapa. Guapa – repito sin ánimos - ¿Está guapa y ya?

- Pues sí…

- ¿Sólo eso?

- Aha…

- Pero…

- Bill, la acabo de conocer, no le voy a pedir que se case conmigo.

- Podrías fingir un poco más de entusiasmo.

- ¿Para qué? – fanfarronea.

- Para que a tu hermano pequeño no se le cruce la idea de mandarte a un psicólogo – pauso el juego, así ninguno de los dos evitamos las miradas - ¡Tom! Lo repito… ¿La viste?

- Ya te dije que sí – me trata de quitar el control de las manos. ¿Cómo hacerlo entender que no es tiempo de bromas? – Dámelo…

- ¿Es normal qué sólo le hayas encontrado un adjetivo para describirla y ese fue ``guapa ´´? ¿Es normal qué no hayas puesto esa mirada perversa? Tom ¿Es normal qué no hayas molestado a Georg o hayas dicho una broma en todo el día?

- Le das demasiada importancia. Pon el juego.

- ¿Demasiada importancia? – caigo en cuenta de que estoy elevando el control en el aire y lo paseo entre mis manos para que el no lo pueda tomar. Nos vemos ridículamente infantiles, pero quiero que me escuche.

- Pon el maldito juego de una vez.

- ¡No! ¡Dímelo! ¿¡Es normal!?

- Que sé yo… no me preguntes más. Es enserio Bill – esta frustrado, pero yo quiero esa respuesta. Se que se está conteniendo, pero no lo hará por mucho, incluso ya comienza a bufar.

No es una sospecha, se que hay algo. Lo puedo sentir. Es algo que lo está matando, y quiero que me lo diga, quiero que se encuentre bien.

- ¡Tom, dímelo! – odio gritarle, pero lo estoy haciendo. Paso el control de una mano a la otra en un movimiento. Algo me obliga a realizar todo esto. Es él quien me lo pide. Él en su interior.

- ¡Ya cállate!

- ¿¡Qué te pasa?! ¿¡Qué es lo que te molesta?! ¡Pareces una marioneta sin chiste!

- ¡CÁLLATE!

- ¡Ambos sabemos que algo ocurre! ¡Dime que es lo que no te está dejando respirar en paz! ¡Se que es algo que te atormentará una y otra vez!

- ¡NO!

- ¡SÍ TOM! ¡Sí LO HARÁ!

Puedo sentir sus kilos abalanzarse sobre mi cuerpo, con toda la furia. Aún busca el control, sí, aún trato de ocultárselo.

Sus ojos enrojecidos y acuosos al igual que los míos, pero por sentimientos diferentes. Pataleo, una y otra vez, para quitarlo; es imposible, no se quitará. Sus rodillas se clavan en mis costillas, la presión me causa un dolor agudo. Ya no se trata del control de la video consola, nunca se trató del control. Una lágrima hirviente cae sobre mis labios. Tom, quítate, por favor, quítate. ¿Cómo es que llegamos a esto? Mis brazos son demasiado inútiles para quitar a los suyos que ahora me están aniquilando. Sus manos aprisionan mi cuello con mucha fuerza, me aterra la facilidad con la que lo hace. Se escucha un gruñido animal, este procede de la profundidad de su pecho. No puedo sentir nada. Trato de no entrecerrar más los ojos para que me vea. Para que vea que soy su hermano.

- Tom… - sale de mis labios un sonido ronco y cortado.

Su cuerpo da un pequeño brinco al escuchar su nombre. Sigue asfixiándome, pero su gesto cambia. La violencia en sus ojos se convierte en miedo. Aunque aún siento la presión y es inalcanzable una bocanada de aire dentro de mí, su semblante se relaja. Me ve asustado. No se ni siquiera que cara tengo yo. Me duele la traquea, me arde el pecho.

El es el que ahora está en el piso. Seguí forcejeando entre puñetazos y patadas para quitármelo de encima, y una extremidad de mi cuerpo logró lanzarlo lejos de mí. Voló hasta el suelo.

Una sensación de entumecimiento y pesadez me invade el tronco. Logro incorporarme un poco en el sillón. Comienzo a toser como loco. En mi garganta se extiende un dolor inmenso, como si fuera una raspada. Siento aguijonazos de malestar en la boca del estómago.

El ruido de mi seca tos sólo logra que la escena no pueda ser más aterradora.

- Bill… - se escucha tembloroso – Bill… - repite mientras lo volteo a ver.

Tiene la cara teñida en rojo brillante. Parpadea, salpicando pequeñas gotas de sangre a su alrededor. La orilla de la mesa de la sala de estar también está manchada de esta, se ha abierto la sien con el impacto de la caída. Toca su frente empapada y mira su mano, esto hizo que su rostro se agitara con una chispa de vida, más bien, una chispa de ira. Lo escucho bramar.

No me puedo parar del sillón. No puedo, no puedo ni siquiera respirar y no precisamente porque acabo de sufrir un intento de ahogamiento. Mi hermano está a unos pasos míos con el rostro cubierto de sangre, no se que hacer. Quiero gritar y llorar. Tal vez el espera mi reacción, pero soy incapaz de hablar.

- Yo… voy a llamar a una ambulancia – suelto después de varios minutos ahí, viéndolo como un tonto sin hacer nada. Aún tengo ese raro tono de voz, me lastimo en cada palabra que articulo.

- No – interrumpe. Se levanta con calma y se sienta a mi lado. Su camisa también está salpicada – Ya te ha tocado bastante esta noche. Es mi culpa. Soy un idiota – remarca la palabra con un grito mientras se limpia furioso el líquido que sale de su frente, con la sudadera que llevaba puesta esta tarde – Vuelvo por la mañana.

Toma las llaves y cruza la puerta tan rápido, cuando apenas estoy analizando lo que acaba de decir.

- ¡Oye! – exclamo lo más fuerte que puedo. Sólo me lastimo más. Trato de alcanzarlo y me paro en un solo movimiento que me causa caer al suelo. El corre hacia mí – Yo… déjame ayudarte Tommy – tengo los ojos cerrados pero siento mis pies elevarse, me está cargando.

- Ni lo pienses. Necesitas descansar – me posa sobre una superficie, creo que es mi cama – Te traeré algo… o a alguien. No te levantes Bill. Estás grave…

- Tú estás grave… pero del cerebro – murmullo. No puedo abrir los párpados. Me siento mareado.

- Sí – siento ese tono con una sonrisa – Yo soy un completo estúpido – sus palabras se hacen lejanas, muy lejanas.

.   .   .   .   .

Son las 10 de la mañana y me despierto con un dolor de cabeza insoportable. Tengo una sed que presiento que será difícil de calmar. Camino muy extraño. ¿Qué ha pasado?

- Tom – lo llamó al salir de la habitación pero no me contesta. Vuelvo a decir su nombre mientras me adentro a la sala de estar y tropiezo con algo, tropiezo con el control del Xbox.

Entonces, compruebo que no fue una pesadilla…

Los cojines del sillón se expanden por todo el lugar, hay una maceta rota, rastros de cereal remojado y el plato de estos hecho añicos, manchas rojas impregnadas en el tapete al igual que la esquina de la mesa de vidrio y mil recuerdos que pasan como el trailer de una película por mi cabeza.

- David mandará a alguien para que arregle este desastre pronto – me dice, hablando detrás de mi.

- Pensé era mi mente que me había jugado un mal sueño.

Tiene la cien hinchada y repleta de puntos. Luce demacrado y trasnochado. El me mira sorprendido también, entonces corro hasta el espejo de mi cuarto.

Mis ojos están enrojecidos e irritados. Tengo ojeras de drogadicto y los moretones van apareciendo a la vez que bajo la mirada para apreciar los daños en mi cuerpo.

- Vendrá un doctor a revisarte – me dice recargado en el marco de la puerta.

- No, me tomaré algún desinflamatorio.

- Bill – repite mientras se me acerca y me toma del brazo para llevarme a la orilla de la cama, en donde me obliga a recostar – Esto es delicado. Por favor, permite que te revisen.

- Está bien – contesto. Le temo a la revisión, o más bien, a un mal diagnóstico que esta pudiera detectar.

Tom entrecierra los ojos. Estoy seguro de que no ha respirado ni una vez desde anoche.

- Soy… yo… me doy asco – dice sentándose a los pies de la cama – No me perdonaré esto jamás.

- Prefiero no recordarlo.

- Me gustaría fingir que nada pasó, pero no puedo. Bill, yo casi te…

- No estoy enfadado – interrumpo, sonriéndole – Tampoco te voy a pedir una explicación ahora.
- Pero tú reacción normal sería esa. Me atacarías histérico con mil preguntas.

- Tom, esta vez no. Yo insistí en que hablaras, porque presentía que tenías la necesidad de hacerlo. Sin embargo, lo puedes hacer cuando quieras.

- No intentes culparte por nada de esto, Bill. Sólo lograrás que me sienta todavía más disgustado. Soy un tarado…

- ¡Deja de insultarte! No vas a solucionar nada con esas palabras, no te voy a tener compasión con algo así.

- No quiero que te entristezcas por mí. No espero que me perdones. Sólo no dejes de ser mi hermano. Eres el mejor acompañante de vida que alguien puede tener, además del mejor consejero. Me has soportado a pesar de mi alto libido y demás cosas que te causan preocupación.

- ¿Estas siendo melodramático? – me reí entre dientes.

- Ni siquiera se que significa eso – suspira.

- No estoy enojado. Estoy asustado. Quiero dejar ir este ``recuerdo ´´ lo más pronto posible o me comenzará a afectar.

Asiente cabizbajo y sale del cuarto con pequeños pasos para dejarme descansar.

La revisión médica salió bien. David inventó una historia al doctor respecto a lo sucedido y ni siquiera nos cuestiono sobre lo que realmente había pasado. Unas cuantas pastillas para calmar el dolor.

Tom ha venido esta noche, sin decir nada. Se sentó en una esquina del cuarto con esa hermosa guitarra de madera y tocó una suave música para mí, la cual, me las recordó, me recordó a las hermanas Ruzzo. Me pregunto si su hermandad es tan perfecta o ha sido tan perfecta como lo es ante los ojos de todos. Me pregunto si una a la otra se ha aterrado. Me pregunto si han sido unidas.

Me pregunto si se quieren la una a la otra tanto como yo quiero a Tom…

1 comentário

oreo_effeckt dijo...

yo digo que esas golfas se quieres un putero¡

y ... ¿sabes Dai?

Hoy fue un día bueno hasta llegar a casa donde me ignoraron...
y después me haces feliz con un capitulo encantador... y mi hombre tarado

Te amo, gracias

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